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Perdió a su novio en un accidente y recorrió África en bicicleta: “Me devolvió algo que no podía encontrar en mí”

28 septiembre, 2026
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Perdió a su novio en un accidente y recorrió África en bicicleta: “Me devolvió algo que no podía encontrar en mí”
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Lorena del Pardo se encuentra en Mallorca, España, donde atiende la videollamada desde su furgoneta. A sus 35 años, habla con la calma de alguien que ha enfrentado diversos desafíos en la vida y se ríe con facilidad, incluso al narrar anécdotas que a muchos les causarían inquietud. “Soy de San Pedro, Buenos Aires. Cuando me fui era una ciudad pequeña. Ahora me parece grande”, comparte.

Hace una década, conocida como “Lolo” por sus amigos, era cocinera, vivía con sus padres y se enfrentaba a una decisión difícil: ahorrar para mudarse o gastar todo en un pasaje a Brasil. Optó por lo segundo. “Podía usar esa plata para los tres meses de alquiler, garantía, depósito… o irme a Brasil a aprender sobre mariscos, explorar otra cultura y arriesgarme. Así que lo hice”, menciona con determinación. Su plan era estar seis meses, pero terminó regresando dos años y medio después.

Fue la primera en su familia en atreverme a emprender un viaje así. Posteriormente, sus hermanos también decidieron hacerlo. “Les transmití que se puede. Que no es cuestión de suerte, sino de decisión”, asegura.

Durante su primer viaje, Lorena estaba en pareja y juntos recorrieron 13 países hasta que la vida le dio un vuelco inesperado. Su novio falleció en un accidente de wingsuit, una práctica extrema que implica lanzarse desde montañas con un traje especial. “Él volaba mientras yo lo esperaba en la pista de aterrizaje, a dos kilómetros de distancia”, recuerda. A partir de ese momento, Lorena se dedicó a escribir un libro sobre su proceso de duelo y se hizo una pregunta que aún la conmueve: ¿Qué hacer con todo el amor que tenía para ofrecer? ¿Dónde depositarlo ahora?

La respuesta no llegó de inmediato. En primer lugar, fue la bicicleta.

“Yo era un desastre andando en bici. De pequeña, me choqué con un camión y también con un coche estacionado. Mi madre siempre me decía ‘Lorena, por favor, mira hacia adelante’. Claramente, me distraigo fácilmente”, se ríe. Sin embargo, tras el accidente, la bicicleta se presentó como una forma de sanación. “La bicicleta me devolvió algo que no podía encontrar en mí”, destaca.

Luego llegó África. Siempre había querido viajar allí, pero ahora su motivación era más profunda. “Quería ayudar. Contacté a numerosas ONG y nadie me respondió. Con el tiempo, agradecí esa falta de respuesta, pues el viaje terminó constituyendo otra cosa”, expresa.

Planificó su ruta y compartió en redes sociales para ver si alguien la acompañaba. Sin respuestas, se lanzó sola. Desde Mallorca, voló a Nairobi, Kenia, con una bicicleta de 18 kilos y equipaje que podía alcanzar los 50. Llevaba una carpa, utensilios de cocina, pastillas para potabilizar agua, un kit de emergencias, y ropa multiuso, así como dos kilos de yerba mate. “Tomé el último mate en Ciudad del Cabo. Cuando se terminó, pensé: hice las cosas bien”, recuerda.

Al salir del aeropuerto, vio cebras en la calle y escuchó por primera vez, con sentido, la frase que la acompañaría durante su travesía: Hakuna matata. En suajili, significa ‘sin preocupaciones’. “Te lo repiten constantemente, como un ‘tranquila, relájate’.

El primer choque cultural no se produjo con los animales, sino en un supermercado. “Vi estantes llenos de pasta de dientes y apenas había champú. No podía creerlo. Después entendí que no tienen el mismo tipo de cabello que nosotros, usan aceites, vaselina, trenzas, pelucas. No necesitan lo que yo consideraba esencial”.

Durante seis meses, visitó nueve países, pasando a veces hasta 21 días en cada uno. Pedaleó a más de 2.000 metros de altitud sin saberlo, experimentando falta de aire y desconcierto por no haber investigado lo suficiente antes de la aventura. “Después observaba cómo resolvía los desafíos”, comenta.

El impacto visual fue abrumador. De haber visto llamas en Catamarca, pasó a frenar su bicicleta para dejar pasar a un elefante: “Aún no puedo creerlo. Tengo una foto de mi huella al lado de la del elefante. Es quince veces más grande”. Lloró al cruzarse con jirafas, seres que hasta entonces solo había visto en documentales. “Nunca imaginé que un día me mirarían a mí”, relata.

También presenció un elefante en descomposición. “Era como ver un coche desintegrándose”.

La gastronomía local fue otro descubrimiento. Una vez pensó que un hombre vendía hojas de laurel a la orilla de la carretera. Cuando se acercó, se llevó una sorpresa: eran ratas a la parrilla. “Tenían los dientes visibles, todas despeluchadas. No las probé. Verlas comer fue aún más impactante que verlas muertas”. Su dieta consistía en arroz, huevo, aguacate y ensaladas llamadas kachumbari, además de un plato típico en Uganda conocido como rolex, que consiste en una fajita con huevo y verduras.

En Uganda, vivió algunas de las experiencias más impactantes relacionadas con la dinámica entre hombres y mujeres. “Me tocaban la pierna, me invitaban a su cama. Los niños me tocaban y un hombre me dijo: ‘quedate quieta, están jugando’. Pensé: ‘¿Jugando a tocarme?’. Comprendí que no era una turista más, sino que estaba inmersa en una cultura distinta, a menudo incómoda y atrasada para mi perspectiva”.

A pesar de esto, conoció personas increíblemente solidarias y generosas con lo poco que tenían.

En Sudáfrica también observó contrastes: pueblos que parecían de Francia, con calles pintadas y una infraestructura adecuada, pero que también evidenciaban una división implícita entre blancos y negros. “Me indicaban hasta dónde podía ir. Yo no sabía, ellos sí”.

El tramo más desafiante del viaje fue el desierto de Namibia. Las temperaturas oscilaron entre 37 y 39 grados. La arena complicaba el avance de la bicicleta. Se pasaron siete horas para recorrer solo 45 kilómetros. Llevaba consigo doce litros de agua y seis de comida, con reservas para cuatro días en caso de que se rompiera y no encontrara ayuda. “Era una bendición que un auto pasara cada hora”, comenta. Dormir en la carpa resultaba agotador. Veía el aire vibrar en el horizonte.

Un día, pinchó una rueda. El dueño de un camping la rescató en camioneta. Al día siguiente, sufrió un golpe de calor que la hizo perder noción de los kilómetros recorridos, repitiéndose continuamente: ‘pedalea, que puedes’. Al llegar a un café en medio del desierto, exclamó: ‘me bajo’.

Le quedaban once días para cruzar Namibia. Lloró de frustración. “Duele rendirse, pero hay un punto en que la naturaleza te supera”, explica.

Continuó su viaje en Sudáfrica, pero el desierto quedó como una cuenta pendiente. Planea regresar, esta vez desde Marruecos, para darle “una segunda oportunidad”.

Hubo momentos de verdadero miedo, como cuando cruzó una frontera de noche en una combi atestada de personas. “Pensé que podría ser trata de personas. Paraban de pronto, subía gente sin explicación, y yo abrazaba la pierna de la mujer que tenía al lado. Luego, todos descendieron y me dejaron sola en el vehículo. Bajaron a cambiar dinero. Yo me decía: ‘¿quién cambia dinero de noche en la frontera?’”, recuerda.

Al final, habían olvidado a un pasajero.

Además, durante su recorrido, le impactó la pobreza: “Ver niños tirados rodeados de moscas, personas comiendo junto a animales muertos. Una mujer mayor me dijo: ‘Llevame a Argentina, allá seguro hay más oportunidades’. ¿Cómo se puede dormir con eso en la mente?”. Cada vez que llegaba a una capital donde podía tomar un avión, se cuestionaba si debería continuar. “Yo podía escapar. Ellos no”.

A pesar de ello, cada mañana comenzaba su jornada a las 6.30, pedaleando de 7 a 12, cuando el calor aún era tolerable. Planificaba dos distancias distintas y elegía según su energía. Cada cuatro días se tomaba un descanso. En una ocasión, acampó sabiendo que podía haber gorilas cerca y se dijo: ‘ya está, si un gorila me despierta, que así sea’. Al final, unos monos fueron quienes la sorprendieron.

Aprendió palabras, gestos y códigos. Comprendió que ‘musungu’ -persona blanca o viajera- no es un insulto, sino un saludo. Que cuando alguien le decía ‘Hakuna matata, musungu, esto es África’, era un recordatorio de relajarse y disfrutar.

Al culminar su viaje en Ciudad del Cabo, finalizó la yerba. El pequeño mate quedó vacío.

Lorena ya había cruzado Europa en bicicleta (de Francia a Noruega, de Austria a Turquía), acumulando un total de 28 países recorridos. Sin embargo, asegura que su objetivo pendiente es recorrer Argentina en bicicleta.

Actualmente, está escribiendo un libro sobre su experiencia en este viaje. Y cuando le preguntan qué consejo le daría a alguien que desea hacer algo similar, responde sin dudar: “Que lo haga. Que no se detenga a pensar en lo peligroso. Que viaje con la mente abierta, con respeto y cuidado. Cada uno vivirá su propia experiencia”.

Buscó ayudar, pero terminó descubriéndose a sí misma. Y entendió que, a veces, la frase más repetida en la ruta puede convertirse también en un estilo de vida: hakuna matata.

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