Así lo plantea Venkatraman “Venki” Ramakrishnan, biólogo estructural de origen indio y laureado con el Premio Nobel de Química en 2009, quien ha analizado el envejecimiento y las posibilidades reales de una prolongación significativa de la vida humana.
Uno de los elementos que utiliza Ramakrishnan para ilustrar este fenómeno es el cambio en el riesgo de mortalidad con la edad. Según sus estimaciones en un libro sobre el tema, alrededor de los 25 años la probabilidad de morir en el transcurso del año siguiente es de aproximadamente 0,1%. Esta cifra se eleva a cerca del 1% a los 60 años, y a cerca del 6% a los 80.
Cuando se alcanzan edades avanzadas, la diferencia se vuelve más marcada: a los 100 años, el riesgo anual de fallecimiento está en torno al 16%, y a los 108 años, las probabilidades de sobrevivir otro año son aproximadamente del 50%.
El récord de longevidad humana verificado sigue perteneciendo a Jeanne Calment, quien falleció en 1997 a los 122 años y 164 días. Hasta la fecha, casi tres décadas después, no ha habido validaciones de personas que superen esa marca.
Ramakrishnan argumenta que no existe una ley física que impida que un ser humano viva hasta los 150 o incluso 200 años. El verdadero desafío radica en la cantidad de procesos biológicos que comienzan a deteriorarse de manera simultánea con la edad.
Las células poseen mecanismos que reparan el ADN, eliminan componentes dañados, reciclan proteínas y mantienen el funcionamiento de las mitocondrias. Sin embargo, a medida que se envejece, la eficacia de estos sistemas disminuye progresivamente.
Por lo tanto, Ramakrishnan sugiere que simplemente curar enfermedades relacionadas con la vejez no sería suficiente para extender la vida humana por décadas, indicando que para lograr un cambio de tal magnitud sería necesario intervenir en los propios mecanismos del envejecimiento.
A pesar de los progresos, el investigador adopta una posición cautelosa respecto a las promesas de longevidad extrema: aunque la ciencia avanza en la comprensión del envejecimiento, convertir ese conocimiento en un método seguro que permita una prolongación radical de la vida humana continúa siendo un gran reto.