La breve historia de Edith Cavell señala que su padre, Frederick, la educó con principios religiosos enfocados en ayudar a los más necesitados, consolar a los enfermos y asistir a los desprotegidos. Su viaje comenzó al convertirse en institutriz para una familia francesa en Bélgica y luego, tras viajar a Austria, se convirtió en voluntaria en un hospital, donde encontró su verdadera vocación: la enfermería. Al enfermar su padre, Edith regresó a Londres, donde trabajó en el London Hospital hasta que él se recuperó; era 1896 y Edith tenía ya treinta años. Ya se había convertido en profesional y había comenzado a especializarse, incluso ayudando a que los bebés vinieran al mundo en un contexto que, para muchos, era peligroso y volátil. Posteriormente, volvió a Bruselas para trabajar en la Escuela de Enfermería, donde comenzó a hacerse un nombre gracias a su colaboración en la edición de la revista “La enfermera”. En 1907, fue contratada por un conocido cirujano belga, Antoine Depage, quien también presidía la Cruz Roja en Bélgica, para desempeñarse como enfermera jefe en el Instituto Berkaendael y dirigir la Escuela Belga de Enfermeras Graduadas, establecimiento que había fundado el propio Depage.
Sin embargo, toda su vida dio un giro el 28 de junio de 1914, cuando un joven nacionalista bosnio de diecinueve años, Gavrilo Princip, llevó a cabo el atentado que resultó en la muerte del archiduque Francisco Fernando de Austria y su esposa, Sofía, quien esperaba su cuarto hijo. Este hecho, considerado como la chispa que encendió la Primera Guerra Mundial, llevó a que, en cuestión de meses, Alemania se enfrentara a Rusia y a Francia en un conflicto de máxima violencia al que se unió Gran Bretaña. Las tensiones en los Balcanes y en países como Bosnia, Herzegovina, Zagreb, Belgrado y Kosovo continuarían proyectando su sombra en la región hasta 1995, tiempo en que la Guerra de Yugoslavia estableció un nuevo, aunque frágil, orden étnico y religioso.
El mundo en 1914 se desintegraba, poniendo fin a una Europa cuidadosamente entrelazada por los lazos familiares que la Reina Victoria había cultivado entre las principales monarquías del continente. Nicolás II de Rusia y el kaiser Guillermo de Alemania eran primos, y sus amistosas correspondencias, comenzadas con un “Willy” y un “Nicky”, ilustraban un mundo que ya había comenzado a desmoronarse, enfrentándose ahora en batallas que transformarían las tácticas y estrategias en los campos de combate.
Edith Cavell estaba de visita con su madre en Inglaterra cuando estalló la catástrofe bélica que transformaría Europa. Al regresar a Bruselas para asumir el control de la escuela de enfermeras, que había pasado a estar bajo la Cruz Roja, Edith ya había sido contactada por el MI6, el servicio de contrainteligencia británico creado en 1909. Si bien no hay constancia de que realizara alguna misión como espía, lo que se conoce es que ayudó a soldados aliados a escapar de las garras alemanas tras la invasión de Bélgica el 4 de agosto de 1914, un país que había proclamado su independencia de la dominación protestante de los Países Bajos en 1830.
Los alemanes ordenaron que todos los heridos, tanto militares como civiles, fueran evacuados de los hospitales para convertirlos en prisioneros. Esto también incluía a los sospechosos de actividades consideradas antigermanas, lo que significaba que la mayoría de la población belga estaba en peligro. La enfermera Cavell, ya asociada al MI6, se integró a una red que facilitaba la evasión de aquellos soldados en riesgo, ayudándolos a llegar a la neutral Holanda. Esta operación de rescate tenía dos centros de actividad: la región de Mons en Bélgica y las áreas de Lille y Valenciennes en Francia.
El trabajo era arriesgado y complejo. Muchos soldados británicos quedaron atrapados en la llamada “bolsa de Bruselas” durante la veloz retirada de los aliados, justo antes de la invasión alemana. Las fuerzas alemanas estaban decididas a capturar a todos los que pudieran considerarse en condiciones de combatir y evitar que regresaran a Inglaterra. La red de Cavell ocultó a varios fugitivos, haciéndolos pasar por enfermos en hospitales y brindándoles refugio en casas amistosas, incluida la suya. La red tuvo que actuar rápidamente para trasladar a estos hombres, en muchas ocasiones a pie, hacia Holanda. Mientras tanto, ella continuó con su trabajo de enfermera, sin distinciones entre heridos aliados o alemanes. Sin embargo, facilitar la huida de soldados aliados a un territorio neutral era una clara violación de la ley marcial impuesta por los alemanes, que establecía que ayudar al enemigo era un delito severamente castigado.
Por desgracia, la red de Cavell fue infiltrada por la inteligencia alemana poco tiempo después de su creación. El alto mando prusiano en Bélgica había trazado un organigrama que identificaba a cada miembro del grupo. El 3 de agosto de 1915, pocos días antes del primer aniversario de la invasión alemana, la red fue desmantelada. Cavell y otras quince personas fueron arrestadas y encarceladas en la prisión de Saint Gilles. Todos fueron sometidos a un juicio sumario por un tribunal militar entre el 7 y el 8 de octubre.
Edith admitió todos los cargos en su contra. Por razones que nunca pesaron, se negó incluso a presentar un alegato en su defensa, aunque tenía derecho a hacerlo. El 11 de octubre, fue condenada a muerte sin que se mencionara en los documentos del juicio el hecho de que había salvado vidas alemanas en sus esfuerzos humanitarios. La sentencia de muerte fue programada para cuatro días después. Cavell, en su silencio, podía dar la impresión de que no quería comprometer a otras personas involucradas, o quizás había aceptado su trágico destino con una fortaleza digna.
Dos diplomáticos se apresuraron a buscar medios para salvar su vida. El gobierno británico se vio limitado en su capacidad de intervención, dado que Cavell estaba vinculada al MI6. El primer secretario de la embajada de Estados Unidos en Bélgica, Hugh Gibson, fue quien tomó la iniciativa para tratar de frenar el fusilamiento. Con tan solo treinta y dos años, Gibson se convertiría, posteriormente, en una figura de relevancia en la posguerra. Junto a él, el embajador español en Bruselas, Rodrigo de Saavedra, marqués de Villalobar, un político con experiencia que había representado a España en países como Washington, París y Londres, se unió a la causa. Ambos diplomáticos se dirigieron al gobernador militar alemán en Bélgica, Oscar von der Lancken-Wakenitz, solicitando clemencia para Cavell.
Gibson relataría más tarde que le recordaron al gobernador el incendio de Lovaina y el hundimiento del transatlántico “Lusitania”, advertiéndole que este asesinato se sumaría a esas tragedias y generaría horror y descontento en todos los países civilizados. No obstante, su objetivo no era necesariamente eulogizar a Cavell, sino más bien hacer reflexionar al alemán sobre las repercusiones que su ejecución tendría para Alemania. Al mencionar Lovaina, hacían eco de los infaustos eventos perpetrados por las tropas germanas en los primeros días de ocupación en Bélgica, y al hablar del hundimiento del “Lusitania”, se referían a un trágico suceso que había llevado a la muerte de numerosos civiles y que estaba destinado a inclinar la balanza, provocando eventualmente la entrada de Estados Unidos en la guerra.
Pese a todos sus esfuerzos, los alemanes se mantuvieron firmes en su decisión de fusilarla. Ante la adversidad, Rodrigo de Saavedra pidió una conmutación de la pena o, al menos, que se aplazara su ejecución. Gibson volvió a advertir que la muerte de Cavell afectaría negativamente la imagen de Alemania, sugiriendo que la opinión pública podría volverse en su contra, especialmente si se provocaba la entrada de Estados Unidos en el conflicto. Sin embargo, todas sus gestiones resultaron infructuosas. Con temores de una creciente presión internacional, los alemanes decidieron adelantar la ejecución de Cavell, informándole que sería fusilada al día siguiente, el 12 de octubre.
En su celda, Cavell recibió la visita de un capellán anglicano, Stirling Gahan, quien luego describiría la fortaleza de aquella mujer que le pronunció dos frases memorables: “El patriotismo no es suficiente y no debo tener odio ni amargura hacia nadie. He visto la muerte tan a menudo que no es algo extraño ni temeroso para mí”. Edith Cavell fue fusilada al amanecer del 12 de octubre de 1915 en un área militar belga conocida como Tir National. Tenía cuarenta y nueve años al momento de su muerte.
El embajador español, Rodrigo de Saavedra, exigió que Cavell fuera enterrada en un pequeño cementerio adyacente al lugar de su ejecución. El poeta alemán Gottfried Benn, médico militar que presenció el fusilamiento y certificó su muerte, escribió más tarde que nunca había visto a una mujer con tanto valor, intentando resumir el horror del acontecimiento con una sentencia: “¿Cómo debe juzgarse el fusilamiento de Edith Cavell? Entró en la guerra y la guerra la destruyó”.
En cambio, el ministro de Asuntos Exteriores alemán, Arthur Zimmermann, tuvo una postura cruda. Tras la ejecución, expresó que la muerte de Cavell: “(…) fue lamentable, pero necesaria. (…) Consideren qué le sucedería a un estado, sobre todo en guerra, si permitiera que los delitos contra la seguridad de sus ejércitos no recibieran castigo alguno por haber sido cometidos por mujeres (…) Si se les perdona, se haría a expensas de la seguridad de nuestros ejércitos, pues hay que temer nuevos intentos de hacernos daño si se cree que los delincuentes no sufrirán ningún castigo o una pena leve”. Las secuelas de esta decisión brindaron origen a un resentimiento radical que estallaría en Alemania y en el mundo menos de dos décadas después.
Tal como vaticinó Gibson, la muerte de Cavell generó un escándalo monumental. Los medios británicos y estadounidenses la juzgaron como un claro ejemplo de la brutalidad y la injusticia alemanas; le ofrecieron una imagen heroica, presentándola como una persona inocente y firme hasta el final en sus convicciones cristianas. Su figura se convirtió en un fuerte incentivo para que jóvenes británicos se alistaran en el ejército. La entrada de Estados Unidos en la guerra también se vio influenciada por incidentes como el hundimiento del “Lusitania”.
Al concluir la Primera Guerra Mundial, con la promesa de que un futuro conflicto no se repetiría, los restos de Edith fueron traídos desde su tumba en Saint-Gilles a Londres, escoltados por tropas británicas. Su funeral de Estado fue presidido por la familia real, y posteriormente, su cuerpo fue trasladado en tren hasta Norwich, donde encontró su descanso final en un lugar denominado Life’s Green, cerca de la catedral. El vagón que transportó sus restos desde el puerto de Dover hasta Londres fue llamado “Cavell Van” y se exhibe hoy en la histórica estación de Bodiam, parte del patrimonio del Ferrocarril de Kent y del East Sussex. En el lugar de su ejecución, en “Tir National”, una placa conmemora a Cavell y a otras treinta y cinco personas que fueron fusiladas allí por las tropas alemanas.
El Reino Unido no olvida a Edith Cavell. En pleno corazón de Londres, una imponente estructura de piedra la recuerda y cada 12 de octubre se cubre de flores en homenaje a su sacrificio. Se erige en Trafalgar Square, no lejos de la estatua dedicada al almirante Horatio Nelson, al norte de la plaza y junto a la magnífica National Gallery y la pequeña iglesia anglicana St. Martin in the Fields, dedicada a San Martín de Tours. La escultura de Cavell, tallada en piedra por George Frampton, destaca su silueta esbelta y erguida, embarcada en una capa de mangas amplias que fluyen delicadamente. Los dedos largos de su mano reposan a los lados de su vestimenta de enfermera. Encima de su figura se puede leer la palabra “Humanidad”. En la base, se encuentra su nombre, la fecha de su trágica muerte y su famoso testamento sobre el patriotismo y la falta de odio. Ese es su legado.