Algunos realizan una breve oración, otros participan de la primera misa, mientras que muchos aguardan unos minutos para ingresar al templo, tocar la imagen del santo y dejar una estampita, una vela o una espiga de trigo como símbolo de su pedido por el pan y el trabajo. Esta costumbre perdura en el tiempo. También se considera a San Cayetano un “amigo”. Así lo mencionan desde el atrio al entregar cintitas amarillas que simbolizan esa conexión. “Nos creemos amigos de San Cayetano”, destaca el sacerdote, quien invita a cantar mientras se distribuyen esos símbolos que se usarán en las muñecas.
La celebración en honor a San Cayetano constituye una de las expresiones de fe más relevantes en Argentina. Cada año, miles de personas peregrinan hasta el santuario en la calle Cuzco para agradecer por un empleo, solicitar que no falte trabajo o rezar por amigos y familiares que enfrentan dificultades laborales. El lema tradicional, “Paz, Pan y Trabajo”, resume desde hace décadas el espíritu de esta devoción, especialmente fuerte entre trabajadores, jubilados y familias de sectores populares.
Aunque San Cayetano nació en Vicenza, Italia, en 1480 y fue canonizado en el siglo XVII, su conexión con el trabajo tiene una historia que se ha enraizado en Argentina. La devoción como patrono del pan y el trabajo cobró relevancia en la década de 1930, cuando el sacerdote Domingo Falgioni promovió su veneración durante un periodo marcado por el desempleo como consecuencia de la crisis económica mundial. Desde entonces, la imagen del santo sosteniendo al Niño Jesús y una espiga de trigo ha estado asociada con la búsqueda de empleo y el sustento diario.
Cada año, el santuario recibe desde la madrugada a los primeros peregrinos. A diferencia de otras festividades religiosas, este día convoca a una audiencia diversa, que incluye desde practicantes fervorosos hasta quienes solo visitan el templo una vez al año. Hay quienes llegan para cumplir promesas, otros para agradecer haber conseguido trabajo tras un período de desempleo y quienes rezan para que mejore la situación económica.
El arzobispo de Buenos Aires, Jorge García Cuerva, se hizo presente entre la multitud a las 9 de la mañana. La gente no lo reconoció hasta que los equipos de televisión se acercaron a este hombre de blanco con detalles lilas, custodiado por dos sacerdotes de negro, quienes instaban a los periodistas a no preguntar sobre la visita del Papa Leon XIV. “Estamos a la espera de la decisión de la Santa Sede sobre el cronograma de esa visita”, afirmó. También manifestó su desacuerdo con “los insultos”, al igual que el Santo Padre, deseando, en cambio, la unión.
Dirigentes políticos del peronismo, como el gobernador de la Provincia de Buenos Aires, Axel Kicillof, el sindicalista Roberto Baradel y el dirigente social Juan Grabois, también hicieron acto de presencia.
“El pico de asistentes se dará después del mediodía, cuando las dos filas alcancen las siete cuadras y se espere una hora promedio para ingresar”, expresó el párroco del templo, Lucas Arguimbau. Con termo bajo el brazo y vestido con jean y campera, comenta que la afluencia no varía: “siempre es enorme”, y señala que “esta celebración acoge a todos, viene gente que dice ‘acá vengo porque nadie me mira’.” Al preguntar en qué sentido no son mirados, un colaborador respondió, “por ejemplo, gente trans”.
En la calle, el escenario, donde a las 11 García Cuerva oficiará la misa principal, aguarda a una multitud. Sin embargo, las misas comenzaron a las 4 de la mañana y se extenderán hasta las 23.