Joan Manuel Serrat, a sus 82 años, reflexionó sobre diversos aspectos de su vida familiar y destacó particularmente esta cuestión. Su conclusión fue clara: “Los hijos aprenden poco de las palabras; solo sirven tus actos y la coherencia de estos con las palabras”.
La afirmación plantea una interrogante central en cualquier proceso de crianza: ¿qué sucede cuando lo que se les solicita a los niños no se alinea con lo que observan en los adultos?
Un padre puede dedicar una hora a explicar la importancia de mantener la calma, pero si ante el primer obstáculo reacciona a los gritos, el mensaje pierde contundencia. Esto puede ocurrir igualmente en cuestiones de respeto, responsabilidad y hábitos cotidianos.
El comportamiento de los adultos actúa como una referencia constante, incluso en situaciones que no están destinadas a ser momentos educativos. La manera en que se resuelve una discusión, cómo se habla acerca de otra persona, la actitud frente a un error y la respuesta a situaciones desfavorables son escenas que los niños pueden convertir en modelos de conducta.
Por lo tanto, la reflexión de Serrat enfatiza una palabra fundamental: coherencia. Educar no se limita a transmitir valores; implica asegurar que las acciones no contradigan los principios que se desea inculcar.
El cantante también mencionó cómo recuerda su propia infancia. Recordó a su padre, un hombre sin gran formación académica, pero valoró sus cualidades personales. Era un trabajador versátil, capaz de desempeñarse en múltiples oficios y, como describió, su comportamiento hacía innecesario establecer reglas estrictas.
“Era habilidoso, sabía hacer de todo: carpintero, fontanero, electricista, albañil. Nos enseñó muchas cosas y era un buen tipo, educado y correcto”, recordó Serrat.
Al reflexionar sobre esa experiencia familiar, utilizó una expresión que resume su perspectiva educativa: “No necesitábamos normas de comportamiento porque el ejemplo venía dado de fábrica”.
Esto no implica que establecer límites o mantener conversaciones no sea relevante; más bien, sugiere que una norma adquiere mayor fortaleza cuando quien la impone también la practica.
Serrat también mencionó a su hija Candela, resaltando que algunos intereses pueden surgir en momentos imprevistos. Compartió que durante su etapa universitaria, la lectura no captaba su atención, pero que el teatro fue lo que la llevó a acercarse a los libros y, posteriormente, a explorar otras expresiones artísticas como la pintura y el cine.
Para el artista, este hecho ilustra que no todo aprendizaje puede ser forzado desde el exterior. En muchas ocasiones, son las propias vivencias las que despiertan curiosidad y moldean a una persona. “Es la vida la que te lleva”, reflexionó.
La afirmación de Serrat se puede interpretar como una meditación sobre la crianza, así como sobre la responsabilidad que conlleva ser un modelo para los demás.
Los hijos pueden olvidar algunas de las recomendaciones que escuchan repetidamente. En contraposición, ciertas escenas en el hogar pueden establecer un vínculo con su comprensión del mundo: cómo se trataba a los demás, cómo se gestionaban los conflictos o qué sucedía tras cometer un error.
Por ello, más que esforzarse por encontrar la frase ideal para cada situación, la reflexión de Serrat propone un desafío más complejo: procurar que las acciones sean coherentes con las palabras.