El ayuno intermitente ganó popularidad en los últimos años por sus posibles beneficios para la salud. Además de promover la pérdida de peso, se le atribuyeron efectos como la reducción del riesgo de cáncer y del deterioro cognitivo. Sin embargo, las investigaciones disponibles todavía no permiten confirmar muchas de esas afirmaciones y muestran resultados dispares sobre su eficacia.
La modalidad propone restringir la alimentación a determinados horarios o dejar de comer ciertos días. Sus defensores sostienen que reproduce condiciones similares a las que atravesaban los seres humanos durante la evolución, cuando no tenían acceso constante a los alimentos. Pero, aunque algunos estudios encontraron resultados favorables, otros pusieron en duda sus alcances e incluso señalaron posibles riesgos cardiovasculares.
Durante el ayuno, el organismo pasa de utilizar principalmente azúcar como fuente de energía a recurrir a las grasas. Este cambio metabólico puede activar la autofagia, un proceso mediante el cual las células reciclan proteínas dañadas. A partir de ese mecanismo surgió la hipótesis de que la práctica podría contribuir a prolongar la vida y reducir la aparición de enfermedades.
Las investigaciones más contundentes sobre estos efectos, sin embargo, provienen de experimentos con animales. En ratones, moscas y gusanos se observaron resultados significativos: algunos podían consumir la misma cantidad de calorías que otros animales, pero mantener un peso saludable y desarrollar menos enfermedades cuando comían dentro de horarios limitados. En las personas, los efectos son más moderados.
Según Krista Varady, profesora de nutrición de la Universidad de Illinois en Chicago, el ayuno intermitente puede generar una pérdida de peso cercana al 5%, un resultado comparable con el de otras estrategias alimentarias. También se registraron mejoras en determinados indicadores metabólicos, como el colesterol y la presión arterial, y posibles beneficios para algunos síntomas del síndrome de ovario poliquístico.
No obstante, las modalidades más exigentes, como comer día por medio, podrían tener consecuencias negativas si provocan una pérdida de masa muscular. Las investigaciones sobre sus posibles efectos en la función cognitiva y en la prevención del cáncer también presentan resultados contradictorios. Mientras que los experimentos con animales mostraron efectos prometedores, algunos estudios en seres humanos no lograron reproducirlos.
Una de las explicaciones está en las diferencias biológicas entre especies. Los ratones tienen una tasa metabólica mucho más elevada que las personas, por lo que un ayuno de 16 horas en esos animales puede equivaler a varios días sin comer en un ser humano. Además, los ejemplares utilizados en los experimentos suelen ser genéticamente idénticos, mientras que las personas presentan una diversidad mucho mayor.
Sin embargo, los especialistas identifican otro obstáculo central para evaluar los efectos de cualquier intervención nutricional: la dificultad para conocer con precisión qué comen los participantes de los estudios. En los ensayos con animales, los investigadores controlan las cantidades, los alimentos y los horarios. En las investigaciones con personas, en cambio, suelen depender de diarios alimentarios y encuestas que cada participante completa por su cuenta.
La memoria, los olvidos y la falta de cumplimiento de las indicaciones pueden alterar esos registros. Varady advierte que solo la mitad de quienes participan en sus estudios entrega los diarios de alimentación y que, en algunos casos, los datos son inventados. También señala que algunas personas omiten comidas o alimentos consumidos durante los períodos en los que debían ayunar.
Un cálculo elaborado en 2025 por un grupo internacional de investigadores estimó que cerca del 30% de las personas subestima cuánto come. En promedio, las diferencias entre lo declarado y el consumo real pueden ubicarse entre 400 y más de 800 calorías diarias. Para medir con mayor precisión la energía ingerida, los científicos utilizan el método del agua doblemente marcada, que permite calcular el gasto energético a partir de la eliminación de isótopos estables mediante la orina y el sudor.
Las limitaciones de los registros alimentarios llevaron a algunos investigadores a reclamar que las revistas científicas dejen de publicar estudios basados exclusivamente en información declarada por los propios participantes. Sin embargo, los diarios y las encuestas siguen siendo herramientas habituales porque todavía no existe una alternativa accesible que permita reemplazarlos por completo.
Una de las posibilidades para mejorar la precisión de los estudios es recurrir a tecnologías que registren los hábitos alimentarios de manera automática. Entre las alternativas que se investigan aparecen cámaras instaladas en anteojos o collares, capaces de tomar fotografías cada pocos segundos o detectar los movimientos de masticación. También se desarrollan collares que registran cuándo una persona come, tenedores inteligentes que contabilizan los bocados y sensores de nutrientes que pueden colocarse en los dientes.
Estas herramientas todavía se encuentran, en su mayoría, en etapas de prototipo y algunas plantean interrogantes sobre la privacidad. Por ahora, los análisis periódicos de sangre y orina representan una de las opciones más prácticas para obtener información objetiva sobre los nutrientes que procesa el organismo.
Los ensayos de alimentación con internación ofrecen otro camino, ya que permiten controlar exactamente qué consume cada participante. En ese contexto, investigaciones realizadas por Courtney Peterson, profesora asociada de nutrición de la Escuela de Salud Pública de Harvard, encontraron efectos más pronunciados del ayuno intermitente, como menores niveles de azúcar en sangre y presión arterial, menos estrés oxidativo y un aumento de la autofagia. Sin embargo, estos estudios suelen ser pequeños y de corta duración debido a sus elevados costos.
Los investigadores consideran que combinar diferentes métodos podría mejorar la calidad de los resultados. Una de las líneas de trabajo consiste en integrar diarios alimentarios, biomarcadores obtenidos mediante análisis de sangre y orina, y dispositivos portátiles que registren los hábitos cotidianos. El objetivo es conseguir información comparable con la de los ensayos controlados, pero sin necesidad de que las personas permanezcan internadas.
Para Mark Mattson, neurocientífico que investigó el ayuno intermitente en la Universidad Johns Hopkins, también es necesario que los estudios contemplen variables como la actividad física y el sueño, además de la composición de los alimentos y el cumplimiento de los horarios.
Mientras tanto, los especialistas advierten sobre la difusión de conclusiones exageradas en redes sociales, especialmente cuando se trasladan directamente a las personas resultados obtenidos en animales. La falta de datos confiables sobre los hábitos alimentarios no solo dificulta evaluar el ayuno intermitente, sino también establecer conclusiones firmes sobre otras estrategias nutricionales. Por eso, aunque existen indicios de algunos beneficios, todavía se necesitan investigaciones más precisas para determinar su verdadero alcance.