El indulto otorgado a Folarin Balogun, quien había sido expulsado en los dieciseisavos de final contra Bosnia y Herzegovina, no solo alteró el panorama deportivo para el enfrentamiento de octavos con Bélgica, sino que también planteó una cuestión incómoda para Gianni Infantino y la organización que regula el fútbol a nivel mundial: ¿las reglas se aplican de manera equitativa para todos?
La FIFA justificó su acción invocando el artículo 27 de su Código Disciplinario, que permite al Comité Disciplinario suspender la ejecución de una sanción. Desde un punto de vista regulador, se encontró un respaldo. No obstante, el contexto fue el que generó controversia. Un medio informó que Donald Trump había contactado personalmente a Infantino para solicitar una revisión del caso. Horas después, la sanción fue revocada, lo que hizo que la situación generara gran atención.
No cabe duda de que Balogun es uno de los futbolistas más destacados del torneo. Tampoco se discute que su expulsión estuvo rodeada de controversias. El delantero había ganado el respeto por su respuesta tras recibir la tarjeta roja, saludando al árbitro, evitando protestas excesivas y explicando que los jugadores deben enseñarle a los jóvenes a aceptar decisiones arbitrales, incluso cuando las consideran injustas. Mientras parecía resignado a perderse el partido más importante de su carrera, los abogados y representantes de la Federación de Estados Unidos luchaban por revertir la situación.
Y lo lograron.
Este hecho generó un complicado dilema para la FIFA. Hasta ese momento, Estados Unidos, bajo la dirección del DT argentino Mauricio Pochettino, era una de las narrativas más atractivas del torneo. Un equipo dinámico y ofensivo, con una figura emergente que comenzaba a atraer la atención de los aficionados neutrales. Sin embargo, tras el anuncio del indulto, esa imagen cambió bruscamente, ya que pasó de representar el crecimiento del fútbol estadounidense a estar vinculada a temas como influencia política, privilegios y favoritismo.
El entrenador noruego Stale Solbakken fue uno de los primeros en comentar sobre la dimensión de esta decisión. “Es una muy mala decisión que perjudicará al Mundial”, dijo después de que su equipo eliminara a Brasil. Además, dejó una frase que resonará a lo largo del torneo: “Si Estados Unidos gana, esto siempre estará presente detrás de su victoria”.
La respuesta fue inmediata y abarcó diversas voces. La Federación Belga describió la decisión como una sorprendente revelación y comenzó un proceso de apelación. Su entrenador, Rudi García, llegó a compararla con una broma del Día de los Inocentes. El ministro de Exteriores de Bélgica, Maxime Prévot, fue aún más lejos al afirmar que si una llamada política influyó de manera decisiva en la modificación de una sanción, la FIFA estaría en una posición comprometida para garantizar la equidad deportiva.
La UEFA intensificó la crítica, calificando la decisión de “inaudita, incomprensible e injustificable” y advirtiendo que la reputación de cualquier competición depende de la aplicación uniforme de las reglas.
Incluso Joseph Blatter, expresidente de la FIFA envuelto en escándalos de corrupción, se manifestó con una frase contundente: “Las tarjetas rojas no se anulan por llamadas telefónicas políticas”. Se dirigió a Infantino con una inquietante pregunta: “¿Quo vadis, FIFA?”.
Las redes sociales también se hicieron eco de la controversia. Maximus, el gato del primer ministro belga Bart De Wever, se volvió viral al resumir la polémica con una irónica respuesta: “¿Tarjeta roja? Voy a jugar de todos modos”.
Irónicamente, Balogun parece ser el único actor atrapado en una controversia que nunca buscó protagonizar. Hace apenas unos días, era el símbolo de una selección que conquistaba simpatías por su estilo de juego fresco. Ahora, lleva una etiqueta de sospecha que resultará difícil de quitar. Cada vez que toque el balón contra Bélgica, cada gol que marque y cada resultado obtenido por Estados Unidos estarán inevitablemente afectados por estas dudas.