El historiador del arte, Francisco Prado-Vilar, ha reemprendido las investigaciones sobre este robo y ha rescatado fotografías inéditas y documentación judicial que sugiere conexiones con Argentina en los meses siguientes a la sustracción de la cruz. “El que se enamorara de ella pudo haber muerto y los herederos, sacarla en venta”, estimaba Filgueira Valverde 71 años después de aquel robo. “No tenemos indicios de que fuera destrozada o fundida”, añadía, al mismo tiempo que continuaba revisando meticulosamente las páginas de boletines de arte, los listados de adquisiciones de museos, y los catálogos de ventas en su búsqueda. Como efectivamente el sabio aconsejaba, la esperanza nunca se debe perder. Recientemente, Culturagalega.gal ha publicado el último artículo de Prado-Vilar, donde detalla sus hallazgos en periódicos, incluyendo la Gaceta de Madrid, que era el “diario oficial del Estado y antecedente del actual BOE”.
En esta Gaceta, el investigador encontró “citaciones, comunicaciones y requisitorias que permiten seguir el curso de la investigación”. En su análisis, Prado-Vilar señala que emerge una pista desconocida hasta entonces: la que involucra a un sospechoso reclamado por la justicia cuyo rastro conduce desde Santiago hasta Buenos Aires, y desde allí a la historia de una familia de emigrantes gallegos que alcanzaría una notable posición en Argentina. Esta familia, con el tiempo, dejó en el país americano, más específicamente en la ciudad de Rosario, un “legado perdurable”, que consistía en su extraordinaria colección de arte. “Es uno de los grandes misterios del patrimonio gallego”, sostiene Prado-Vilar, quien durante sus visitas al extranjero aprovecha para consultar fuentes documentales de museos y archivos, y utiliza nuevas tecnologías para revivir formas, colores y ambientes perdidos.
En el siglo XIX, “los compostelanos aún acudían a besar” la cruz en cada Viernes Santo. A lo largo de la historia, desde el Maestro Mateo hasta Jan van Eyck, muchas generaciones la contemplaron, la portaron y la veneraron. Sin embargo, desde aquella fatídica madrugada de hace 120 años, se perdieron sus rastros. Afortunadamente, en el mismo año de su desaparición, la cruz, que había sido objeto de modificaciones a través de los siglos, fue capturada en una fotografía por José Limia, un sacerdote y fotógrafo aficionado, cuyos negativos en placas de vidrio son parte del archivo de la basílica. Esta imagen, a través de la fototipia difundida por Hauser y Menet, se convirtió en el único testimonio gráfico conocido de la cruz, utilizado para encargar dos réplicas: la primera fue realizada poco después del “shock” causado por el robo, en 1917, y la otra con motivo del Xacobeo 2004. En su detallada reconstrucción de la historia, Prado-Vilar ha rescatado y coloreado fotogramas del NO-DO donde se pueden observar a Franco y Carmen Polo arrodillándose ante la primera de las copias.
Sin embargo, la mayor sorpresa para el historiador ocurrió cuando, al investigar en la prensa de 1906, encontró conexión con la persecución judicial que se disipó en el océano Atlántico tras el rastreo de un individuo cuyo nombre empezó a tener relevancia en el caso. Este individuo, Francisco Estévez Yáñez, era un farmacéutico de Compostela, pertenecía a una familia con recursos y su padre ya tenía inclinaciones hacia el arte. Estévez tenía concesiones mineras de pirita de hierro, y en el momento en el que desapareció la Cruz de Alfonso III, ya estaba bajo la lupa de otras investigaciones por actividades de juego ilegal. Los documentos recopilados sugieren que Estévez se escabulló, desapareciendo entre la ola de emigrantes. El juez encargado de instruir la causa del “robo de alhajas” en la catedral era Antonio Nicolás y Fernández, un magistrado de la Audiencia de Pontevedra que tuvo un gran interés por el patrimonio. El 30 de mayo de 1906, ordenó a la policía judicial ejecutar “las más activas diligencias” para localizar las joyas desaparecidas (además de la cruz, habrían sido robadas otras alhajas), y emitió una descripción detallada de cada objeto. En este contexto, el Cabildo ofreció una recompensa de 5000 pesetas para quien lograra dar con los ladrones.
Un mes después, el juzgado firmó una citación para localizar a siete personas de Santiago que se encontraban en paradero desconocido, para que prestaran declaración. En ese lapso de tiempo, también se llamaba a otros dos individuos, uno de ellos cantero de la catedral y empleado del templo, que posteriormente se convirtió en el ladrón del códice. A mediados de julio, la investigación dio un giro crucial, ya que se centró en un único sospechoso: Francisco Estévez Yáñez. Ya no se trataba de una simple citación como las anteriores, sino de una requisitoria de captura. Se le identificó como originario de Freás de Eiras (partido judicial de Celanova, Ourense), con residencia en Santiago, casado, de 37 años, “estatura regular, color pálido, ojos azules, barba poblada y negra, bigote y cabello del mismo tono”. El juez ordenó su detención y advirtió que contaba con otra causa pendiente en la Audiencia de A Coruña por dedicarse “a los prohibidos”, refiere Prado-Vilar. Este último término se refería a “juegos de suerte, envite o azar perseguidos por la legislación de aquella época”. El 11 de agosto, el periódico El Miño publicó información sobre los esfuerzos del Gobierno civil para localizarlo como “uno de los presuntos autores del robo de alhajas”. Pero para ese entonces, Estévez Yáñez ya había cruzado el Atlántico, dejando un enorme charco entre él y su país de origen.
En octubre, la Gaceta de Madrid emitió otra requisitoria que daba pistas sobre su paradero, aunque no en el contexto del robo de la cruz ni de las demás joyas catedralicias, sino por su vinculación con el juego prohibido. Este documento incluso detallaba la vestimenta que llevaba la última vez que había sido visto y convocaba a todas las autoridades civiles, policiales y militares para su arresto. Un dato final apuntaba a la dificultad de su captura: “Se ausentó de esta ciudad en el mes de mayo último con dirección a Buenos Aires”, el mismo mes en el cual la Cruz de Alfonso III se esfumó para siempre. Prado-Vilar indaga sobre la extraña naturaleza de esta repentina emigración… o huida hacia Argentina, donde ya residían varios de sus hermanos. Estévez había vivido en Santiago, casado desde 1887, y trabajaba como boticario, además de haber disfrutado desde 1902 de derechos mineros en la región. Estas concesiones de pirita seguían a su nombre incluso años después, en 1911.
Entre esos cuatro hermanos en Argentina, se encontraba Odilo, quien, según destacan, fue el miembro más influyente de la familia. Odilo emigró a la edad de 14 años, logrando consolidarse como el más destacado en la vida pública de la familia. “Precisamente en 1906, el mismo año en que Francisco dejaba Santiago rumbo a Buenos Aires”, continuaba Prado-Vilar, “Odilo fundó Estévez & Cía en Rosario, dedicada al comercio de yerba mate”. Los otros dos hermanos también se involucraron en el negocio, pero “Francisco no aparece vinculado a la empresa”. Con el tiempo, Odilo y su esposa, Firma Mayor, acumularon una considerable fortuna y se hicieron con una notable colección de pinturas, esculturas, muebles, “porcelanas, marfiles, jades y platería”, realizados tanto en Argentina como en Europa. Su hogar, legado a la ciudad, dio origen al actual Museo Municipal de Arte Decorativo Firma y Odilo Estévez.