Nacida el 15 de julio de 1919 en el pequeño pueblo de Barbens, en Lleida, Pepita pasó su infancia en Barcelona. Sin embargo, el estallido de la Guerra Civil en 1936 la obligó a regresar a su localidad natal.
Un desengaño amoroso con su novio de adolescencia, Horacio, la afectó profundamente y la llevó a tomar una decisión que lamentaría durante gran parte de su vida. Poco después, conoció a Pepe, y tras solo tres meses se casó con él, no por amor, sino por la presión social y el temor a convertirse en una “solterona”.
Ella recuerda que, en esa época, las mujeres debían casarse a cierta edad, porque de lo contrario, quedaban “para vestir santos”. La decepción amorosa previa llenó a Pepita de inseguridades y aceptó la propuesta matrimonial de Pepe, a quien no amaba.
La presión ejercida por su familia y amigos también fue determinante en su decisión, ya que no se atrevió a seguir la voz de su corazón.
Desde el principio, las señales de que la relación no funcionaría eran evidentes: en el día de su boda, su esposo arrojó sus maquillajes por la ventanilla del tren, asegurando que no los necesitaría tras casarse. Esa situación se repitió, ya que él no permitía que se sentara a la mesa si estaba maquillada.
Pepita optó por una rebelión “suave”, evitando confrontaciones directas. Comenzó a trabajar en lo que pudiera y, en plena posguerra, aceptó una oferta laboral en Suiza. Aunque su esposo fue a buscarla, ella insistió en quedarse hasta finalizar su contrato de dos años. “Una mujer con dinero propio no es tan fácil de manejar”, afirma Pepita, quien considera que el trabajo fue su vía de emancipación. Su teoría es que tener autonomía financiera le otorgaba el poder necesario para ir ganando lentamente algunos de sus deseos.
A pesar de reivindicar su espacio, el matrimonio nunca llegó a funcionar. “Me casé por terquedad y es una de las pocas cosas de las que me arrepiento”, asegura Pepita al recordar esos años.
No obstante, aclara que siempre fue leal y compañera. Cuidó de su marido en los momentos de enfermedad y su luto fue sincero tras su fallecimiento. “No hubo peleas ni agresiones. La convivencia fue normal, pero jamás existió amor, al menos de mi parte”, resalta.
El destino le tenía reservado un giro inesperado. Conoció a Carlos, un poeta 15 años más joven que ella, quien le hizo experimentar el auténtico amor. Se encontraron un sábado en “La Paloma”, un sitio al que Pepita sigue yendo. Compartieron juntos 9 años, hasta que Carlos falleció, dejándola nuevamente viuda. “A mí se me mueren todos”, se lamenta.
Pepita declara: “A los 73 años conocí el verdadero amor”, y explica que con Carlos había un compañerismo, complicidad y respeto genuinos. A su lado, se sintió libre para ser ella misma y disfrutar de la vida de manera plena.
A sus 107 años, Pepita sigue saliendo a caminar, disfrutando de bailes y empieza cada día con una sonrisa. Asegura que no existe una fórmula para la longevidad, pero considera que no albergar odios ni rencores, y afrontar cada jornada con buen humor ha sido crucial para ella. Su alimentación consta de variados alimentos, en porciones pequeñas, consumidos cuatro veces al día, y nunca omite su siesta reparadora.