No obstante, esta medida refleja el mismo error que el permitir su uso indiscriminado. La idea de que la tecnología digital es la raíz del fracaso escolar resulta tan ingenua como suponer que distribuir computadoras generaría de forma mágica un entorno innovador. Ambas posturas se enfocan en el dispositivo y no en el contexto: cómo se imparte la enseñanza, qué contenidos se proponen y con qué objetivo.
Además, el diagnóstico de la situación actual precede la llegada de las pantallas. Durante años, Melina Furman ha argumentado que la escuela debería ser un lugar dedicado al desarrollo del pensamiento crítico, en lugar de dedicarse a acumular “conocimiento inerte”, es decir, ese saber que se olvida y no se aplica. Esta crítica data de mucho antes que el uso de celulares en las aulas. Tal vez idealicemos un pasado análogo que, de igual forma, fracasaba en fomentar el pensamiento crítico.
Por otro lado, la institución educativa no puede considerarse una superhéroe que enfrente sola todos los desafíos provenientes del exterior. Los jóvenes crecen en una cultura donde la aspiración se vuelve ser influencer y en un entorno donde pocas empresas dominan nuestra atención a través de productos diseñados para volverlos adictivos.
Por esta razón, la idea de prohibir el uso de dispositivos resulta peligrosa. Existe un vasto mundo digital fuera de las aulas, donde cada pantalla compite por captar la atención de los estudiantes. ¿Dónde, si no, van a aprender a manejar estas herramientas de manera crítica? ¿Dónde podrán diferenciar entre una pantalla que informa y una que manipula? ¿Dónde podrán debatir sobre algoritmos, atención fragmentada y la búsqueda constante de dopamina? ¿En TikTok?
Es vital aclarar que no se trata de tener los dispositivos siempre encendidos ni de mantenerlos apagados de forma permanente. La premisa de