Debido a la escasez de fármacos para la inyección letal, el Departamento de Justicia propuso en abril la opción de fusilamiento. Este procedimiento implica que tres vigilantes disparen a una diana situada en el pecho del condenado, que es obligado a portar una capucha y a estar sujeto en tobillos, muñecas y cintura. La agonía podría prolongarse durante tres minutos. Aunque no es un jeque del Medio Oriente, el presidente de la FIFA, Donald Trump, apoya firmemente la pena de muerte. Su amigo Gianni Infantino le otorgó el Premio FIFA de la Paz en enero.
La interrogante es si Infantino hará mención de Jeffrey Lee en la conferencia de prensa que ofrecerá hoy en Ciudad de México antes de la inauguración del Mundial. En una conferencia anterior en Qatar, dijo: “Hoy me siento qatarí, árabe, africano, gay, trabajador inmigrante”. Ahora, surge la duda sobre si se sentirá identificado con la “milicia migratoria” de ICE, o incluso con víctimas de la violencia estadounidense en otros países en los últimos meses. ¿Podrá identificarse con árbitros somalíes o jugadores de Irak, Uzbekistán o Senegal que enfrentan dificultades para asistir al Mundial? ¿O con hinchas que no pueden costear los altos precios de las entradas? ¿O con los profesores, agricultores o familias de desaparecidos que buscan ser escuchados en medio de un contexto social convulso?
México, que fue el escenario de la consagración de Pelé en 1970 y de Diego Maradona en 1986, vive este tercer Mundial en medio de una incomodidad palpable. Su condición como anfitrión es cuestionable, ya que, al igual que Canadá, solamente albergará trece de los 104 partidos del torneo. Adicionalmente, el país enfrenta tensiones sociales que a menudo convierten al Mundial en una plataforma de visibilidad para tales problemáticas.
Los detractores de la presidenta Claudia Sheinbaum argumentan que su ausencia en la inauguración se debe al miedo al descontento popular, en vez de a un rechazo al comercialismo del evento, que generará más de diez mil millones de dólares para la FIFA.
En la Copa de 1986, el Azteca había abucheado al entonces presidente Miguel de la Madrid, y también a Gustavo Díaz en dos ocasiones: una en los Juegos Olímpicos de 1968 tras la Masacre de Tlatelolco y otra en 1965 cuando llegó tarde a causa del tráfico, bajo un calor intenso. La desazón de los espectadores fue notoria.
Los periodistas han recibido el consejo de salir a las 6 de la mañana hacia la ceremonia inaugural, que comenzará a las 11. A pesar de la corta distancia, la llegada podría verse obstaculizada por las protestas y bloqueos anticipados. Las pancartas que exigen justicia por los “133.000 desaparecidos” se suman a las quejas de quienes han perdido a familiares en la violencia ligada al narcotráfico. Por otro lado, los dueños de los palcos del Azteca, que los han arrendado por 99 años, también se sentarán en medio de un clima tenso. “El pueblo unido –ironizan algunos- que jamás será vencido”. Sheinbaum, por su parte, denunció una “conspiración de ultraderecha” en lo que se avecina.
“Pocos países”, escribió un analista, “limitan al norte con el imperio del mundo y al sur con una región olvidada”. Un México donde conviven dos mundos: el de quienes eligen comunicarse en inglés y el de los indígenas que hablan náhuatl. Hace tres décadas, el país fue anfitrión de un Mundial; ahora, se encuentra en una situación compleja, divisoria y desigual, donde su selección ha perdido terreno, incluso frente a Estados Unidos. Los hinchas, aumentando tensiones, gritan al arquero rival no para ofenderlo, sino como señal de protesta ante el rendimiento del equipo. Este Mundial, al que muchos consideran ajeno, se asocia con un regalo de Infantino a Trump.
La última vez que Estados Unidos fue sede del Mundial, en 1994, la competencia comenzó con un evento mediático en el que O.J. Simpson era perseguido en una autopista. En esta ocasión, el ambiente está opacado por la reciente posibilidad de que los New York Knicks, en medio siglo, consigan ganar la NBA. El clima es incierto, y el abucheo hacia Trump en enfrentamientos de fútbol resuena en el Madison Square Garden.
Una columnista compartió una anécdota en la que sus hijos le preguntaron sobre su conocimiento del fútbol al regresar a casa con posavasos que promocionaban “Fútbol contra el fascismo”, parte de una campaña de boicot. Su respuesta fue honesta: “No sé sobre fútbol, pero sí sobre fascismo”.
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