Su iniciativa tiene como objetivo unir dos espacios de la Ciudad de Buenos Aires que a menudo son percibidos como opuestos. Por un lado, el barrio Mugica, conocido anteriormente como la exvilla 31, que ha sido objeto de una intensa estigmatización por décadas; y por el otro, una zona reconocida por su circuito cultural. Para López, el arte puede actuar como un puente entre estos mundos y demostrar que las disparidades son más fruto de prejuicios que de la realidad.
“Muchas personas creen que, por vivir en un barrio popular, automáticamente sos un delincuente o no tenés futuro. Yo descubrí exactamente lo contrario”, dijo el entrevistado.
Su misión trasciende la mera embellecimiento de espacios. Desea que quienes visitan el barrio se topen con otra narrativa: una comunidad rica en cultura, trabajo y convivencia entre diversas nacionalidades.
La trayectoria de López comenzó alejada de su presente artístico. Nacido en Lima, estudió Electrónica Industrial y logró un empleo en una empresa multinacional, un objetivo común entre muchos técnicos peruanos. A pesar del éxito, al finalizar su jornada laboral, se entregaba al dibujo, creando personajes e ilustraciones, actividad que le brindaba auténtica satisfacción.
En 2016, tomó una decisión trascendental: dejó su trabajo estable, adquirió un pasaje y viajó a Buenos Aires invitado por una tía que residía en el país desde hacía más de tres décadas. Su llegada al barrio Mugica resultó ser una revelación; experimentó una noche de sábado llena de música, alimentos y vecinos compartiendo la calle.
La percepción que tenía desde afuera chocaba con la realidad que encontró. Cada vez que revelaba su lugar de residencia, las mismas preguntas surgían: “¿Es peligroso?”, “¿No tenés miedo?”. Estas reacciones lo llevaron a comprender que existía una visión estigmatizada acerca de las villas, diferente a la vivencia cotidiana de sus habitantes.
Junto a su tía, quien trabajaba como fotógrafa, exploró cada rincón del barrio y descubrió una comunidad compuesta por argentinos, peruanos, bolivianos y paraguayos, con una identidad cultural que le reafirmó que había llegado al lugar correcto. “Con el tiempo entendí que quería aportar desde el lugar que mejor conocía: el arte”, confesó Brian, inspirándose en el legado de Benito Quinquela Martín en La Boca para imaginar que los murales podían cambiar la percepción sobre el barrio.
“Mi objetivo dejó de ser únicamente pintar paredes. Quería contar otra historia del barrio Mugica y mostrar que detrás de los prejuicios había personas con sueños, oficios y proyectos”, agrega.
Los primeros murales estuvieron destinados a los vecinos, luego se sumaron restaurantes, instituciones y empresas. Entre sus trabajos más significativos destaca uno realizado para una sucursal bancaria ubicada en una de las entradas al barrio. Otra de sus obras icónicas es un retrato hiperrealista de Lionel Messi, que rápidamente se convirtió en un punto de encuentro para los habitantes del lugar.
Muchos se acercaban para fotografiarse y, a menudo, terminaban charlando con el artista sobre pintura o compartiendo que sus propios hijos también disfrutaban del dibujo.
Un símbolo que encapsula su trayectoria es el torito de Pucará, una cerámica tradicional peruana que simboliza protección y prosperidad. López decidió reinterpretar esta figura como un nexo cultural entre Perú y Argentina, países que forman parte de su identidad.
La historia de su proyecto incluye un giro inesperado: durante la inauguración de su mural en el banco, el entonces vicepresidente de la entidad adquirió dos toritos de Pucará, uno de los cuales posteriormente se entregó al Papa Francisco. “Fue emotivo pensar todo el camino que había recorrido ese torito. Salió de mi taller y terminó en las manos del Papa. Sentí que también viajaban mi historia, mi barrio y mi cultura”, recordó.
Actualmente, Brian se propone hacerle llegar uno de sus toritos al papa León XIV.
López se dedica exclusivamente a su carrera como artista visual y muralista, organizando talleres itinerantes en restaurantes peruanos donde los participantes pintan toritos de Pucará mientras disfrutan de la gastronomía y la música afroperuana. Esta propuesta busca acercar la cultura peruana al público argentino mediante una experiencia participativa donde el arte actúa como punto de encuentro.
A lo largo de los años, ha desarrollado colaboraciones con diversas instituciones, incluida la Embajada de Perú, así como el MALBA y varias empresas privadas. Actualmente, se enfrenta a un nuevo desafío: instalar dos grandes esculturas de toritos de Pucará, una en Plaza Perú, cerca del MALBA, y otra en el barrio Mugica. La intención es que ambas obras dialoguen y sirvan como un puente cultural entre dos lugares que a menudo parecen distantes no solo geográficamente, sino también socialmente.
“Quiero que el arte una esos mundos. Si una persona cambia la manera de mirar al barrio después de ver una obra, siento que todo este camino habrá valido la pena”, concluyó.