Miguel Edgardo Battista, de 71 años, un bioquímico, fue apresado junto a su esposa, Deborah Paz, de 41, mientras que sus tres hijos recibieron asistencia y protección. A medida que avanza la causa, se plantean interrogantes sobre la historia de la pareja, la dinámica familiar y las secuelas psicológicas que dejó el aislamiento en sus hijos.
El vínculo entre Edgardo y Deborah comenzó en Buenos Aires cuando ella tenía 18 años y él 48. Según trascendió, se conocieron en San Martín, donde él era dueño de una farmacia y ella una de sus clientas.
Deborah atravesaba un momento complicado debido a la reciente muerte de su abuela y problemas alimenticios, circunstancias que facilitaron el inicio de su relación, que evolucionó hacia un vínculo más profundo con el tiempo.
La pareja contrajo matrimonio en 2004 y tuvieron tres hijos, actualmente de 19, 17 y 13 años.
Deborah, quien completó sus estudios secundarios y trabajó en atención al público, ocupó su último puesto en una veterinaria de Olivos. Hasta el momento de su mudanza, su vida familiar era silenciosa y sin particularidades. „Ella estaba bien a nivel psicológico en ese momento”, afirmaron allegados.
La familia pasó un tiempo en Olivos, pero su traslado al sur se justificó, según el abogado de Battista, por amenazas que el bioquímico recibía debido a su labor en investigación y desarrollo de productos medicinales.
Al llegar a Esquel, alquilaron una propiedad espaciosa en el pasaje La Cascada al 600. De acuerdo a lo manifestado por su defensor, Battista adaptó un área en la parte trasera de la casa como laboratorio, donde utilizaba un sistema de extracción por vapores para obtener esencias de plantas, que luego vendía en frascos pequeños.
Uno de los aspectos más sorprendentes de su rutina diaria era el horario de actividad. La vida en la casa solía comenzar entre las 19.30 y las 20 horas, extendiéndose hasta las tres, cuatro o incluso cinco de la mañana, lo que provocaba que sus integrantes durmieran una gran parte del día.
La educación de los niños se llevaba a cabo de manera algo atípica, dado que no asistían a una escuela, sino que recibían clases de tutores particulares. Battista proporcionó los nombres de dos docentes involucrados en su educación y mencionó la adquisición de libros y materiales en una librería local.
A pesar de los cambios en su día a día, Deborah mantenía el contacto con su familia. Tiene cuatro hermanos, uno de los cuales reside en Estados Unidos. Battista también se relacionaba con parientes de su esposa y resaltó su buena comunicación con Jonathan Paz, hermano de Deborah.
No obstante, la situación se tornó complicada con el tiempo, ya que Deborah comenzó a mostrar un deterioro en su salud mental a raíz de las amenazas que afectaban a su pareja. Los vecinos comentaron que la mujer raramente salía de su casa, y se la veía frecuentemente mirando hacia fuera desde una ventana.
Recientemente, Deborah optó por usar un turbante, según explicó su abogado, afirmando que se lo colocó tras raparse la cabeza debido a una picazón que creía provocada por hongos. No se especificó si había buscado atención médica al respecto.
Por otro lado, algunas fuentes indicaron que Deborah tenía un diagnóstico psiquiátrico y que era atendida por su hermana, aunque se reportó que se había negado a tomar medicación.
Los tres hijos de Battista fueron reportados como „muy afectados psicológicamente” y se encuentran bajo el resguardo del Servicio de Protección de Derechos de Niños, Niñas y Adolescentes en Esquel. Se prevé que en el transcurso de la semana se realicen declaraciones de los hijos a través del procedimiento de Cámara Gesell.
Mientras tanto, Deborah Paz permanece internada en el área de Salud Mental del hospital local, donde recibe tratamiento psiquiátrico.